lunes, febrero 12, 2018

De un desayuno con Eusebio Ruvalcaba

Por Luis Manuel Amador


En 2005 entré a trabajar a la Fonoteca Eduardo Mata, que resguarda el acervo musical de la Biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), un portento de estantes abiertos con libros de arte y literatura al alcance de todo el mundo, fundado por el verdadero benemérito de Oaxaca: el artista Francisco Toledo.
Comencé a trabajar en la biblioteca del IAGO dos años antes, en 2003. Los libros llegaban a los estantes adquiridos de las librerías, donados por las editoriales, concedidos por las manos de los mismos autores, que los autografiaban y los entregaban a algún bibliotecario cuando no tenían oportunidad de dárselos en las manos a Toledo.
Entonces había dos libros del autor que en 1991 publicó su primera novela titulada Un hilito de sangre, donde narra las pesadumbres y glorias que humillan y alumbran el esqueleto adolescente de León Rosas Bernal, protagonista de la historia; las derrotas, los trucos de la vida cifrados en clave de letras; el descubrimiento del sexo bajo el cielo de Guadalajara. Algunos años después la novela sería llevada al cine, interpretada por un Diego Luna adolescente y cachetón. Había junto a ése libro, otro título: ¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?, un volumen de cuentos que el autor dedicó a George Hal Bennett, su amigo negro, rudo, gringo, el hueso duro de roer al que reconocería como “su único maestro”. Lo conoció en el Centro Mexicano de Escritores en 1978, cuando fue becario, y en julio de 2013 publicó en El Financiero algunos textos sobre Bennet cuyo libro, El dios de los lugares oscuros, a la fecha no he logrado conseguir.
Lo que he querido decir es que la primera vez que supe de Eusebio Ruvalcaba fue cuando trabajaba en la biblioteca, donde sólo había esos dos títulos suyos a los que después se sumaron otros que él mismo llevó para ir completando los títulos que había publicado porque los lectores buscábamos más de su obra.
Decía que después de trabajar en la Biblioteca pasé en 2005 a la Fonoteca Eduardo Mata. Ahí fue donde me encontré en persona a Ruvalcaba, aunque sabía de él y de su obra a través de esos dos libros de los que hablé arriba. Algunos amigos míos lo conocían. Habían sido alumnos o talleristas suyos y ahora eran sus amigos cercanos. Entre ellos estaba el narrador Víctor Armando Cruz Chávez, quien entonces me había dicho que Eusebio estaría en Oaxaca en los días próximos para presentar su libro publicado por la editorial oaxaqueña Almadía: Una cerveza de nombre derrota.
Yo quería saludar a Eusebio, conocerlo en persona, le dije a Víctor Armando. En la Fonoteca supe que Ruvalcaba también escribía sobre música. Entre los libros descubrí Con los oídos abiertos, un volumen de ensayos o elucubraciones, si vale decirlo, donde me llamó la atención su fervor en torno al violín como instrumento solista, y cómo en las páginas se había atrevido a hacer una aseveración totalmente improbable, en la que imaginaba a la (entonces) considerada como la mejor y más guapa violinista del mundo, la alemana Anne-Sophie Mutter, como pareja (potencial y sin duda imaginaria) del también virtuoso violinista húngaro Roby Lakatos, un orondo desgreñado con look de Einstein y bigote hípster.
Ruvalcaba se preguntaba qué clase de hijos podrían haber tenido los dos en caso de haberse juntado. Le intrigaba saber si sus vástagos también tocarían maravillosamente el violín como sus padres. Imaginaba yo que esas suposiciones literarias de Ruvalcaba tenían mucho de personal o de íntimo. No debió haber sido fácil ser hijo de dos virtuosos, como lo fue él mismo, el Eusebio que escuchaba conciertos antes de nacer y vio la luz gracias al matrimonio de la pianista Carmen Castillo con el violinista Higinio Ruvalcaba, el más grande violinista en la historia de México; más aún: uno de los más grandes intérpretes olvidados del canon violinístico del mundo en el siglo XX, siglo que no fue célebre para los violinistas latinoamericanos y estuvo dominado por figuras más bien caucásicas, anglosajonas, asiáticas, eslavas.
Escuché por primera vez al padre de Eusebio en una grabación que llegó a la Fonoteca en esos días, creo recordar, de Venezuela. La escuché con meticulosidad y pasmo durante varios días tratando de encontrar un error o defecto de la digitación en scherzo: el vibrato perfecto, el spiccato preciso, el ricochet a frecuencia y tempo exactos sonando en medio del foxtrot solista o del capricho de Paganini, que no fuera el sonido sucio, el puro gis de la grabación, en vano. Siempre me ha gustado el violín como instrumento solista, y he escuchado, al menos de los conciertos de Mozart, Brahms, Beethoven, Tchaikovski o Mendelssohn, las mejores grabaciones comerciales que tuve al alcance en CD antes de la era musical de Spotify y de Youtube con un clic. También escuché a Paganini, interpretado por Schlomo Mintz, Itzhak Perlman o Ruggiero Ricci antes de saber que el violín de un chaparrito y moreno de Guadalajara (más parecido a mí que a los otros célebres violinistas), no les habría pedido nada porque estaba de su misma estatura, como el mismo Lakatos, el virtuoso húngaro que Eusebio inventó como la pareja bizarra de Mutter. Lakatos, el violinista a quien iban a escuchar a Budapest devotamente las más grandes glorias del violín como Jascha Heifetz o Yehudi Menhuin tan solo para atestiguar que, fuera de las fronteras de la música clásica, también había un genio. Lástima que no conocieron ni escucharon a Higinio Ruvalcaba, para también ser testigos y dar fe de que fuera de las fronteras de Europa, en el humilde pueblo jalisciense de Yahualica, también había nacido un genio que a los once años era celebrado por los mejores maestros de su generación y de otras del futuro.
Pues he aquí que un día cruzó las puertas de la Fonoteca el maestro Eusebio. Buscaba saber qué había de música de Brahms, a quien adoraba casi tanto como su padre idolatrada a Beethoven. Le mostré el catálogo y expresé, sin que me lo preguntara, que la versión del concierto de violín por el que preguntó que más me gustaba a mí, era la que había grabado Perlman dirigido por Daniel Barenboim con la Filarmónica de Berlín. “¿Te gusta el Concierto para violín de Brahms?” me preguntó. “Sí, pero me gusta más el de Mendelssohn”, dije. Así comenzamos una conversación que duraría varias horas, en la que le conté que había escuchado tocar a su padre y a su madre juntos y que el disco que me los reveló estaba ahí mismo (el disco que él aún no había escuchado y del que le regalé una copia quemada en mi computadora). Me comentó entonces que había ido a la Fonoteca porque Víctor Armando le había recomendado ir, que la pasó bien, que fue grato platicar y conocer el acervo de la Fonoteca. Me propuso que siguiéramos la conversación al día siguiente, porque le cayó bien que yo conociera y celebrara las grabaciones casi olvidadas de su padre y quería conversar más en corto.
Al día siguiente llegué puntual al hotel donde se hospedaba, en la esquina de las calles Hidalgo y Fiallo, en el centro de Oaxaca. Durante el desayuno, lo primero que me preguntó fue que si yo tocaba algún instrumento. No, rasgo mal la guitarra. Sobre todo, me gustaba escuchar, respondí. Y le expliqué quien sí tocaba era mi hermano José. Escribo esto y pienso en mí mismo cantando junto a mi hermano en la guitarra, y recuerdo la “mariposa” (Hedychium coronarium) una planta de flores blancas perfumadas. Su nombre científico genérico significa “nieve fragante”. Llegó a América desde las regiones montañosas de la India y Nepal, aunque ahora es la flor nacional de Cuba, donde se naturalizó en los humedales de las serranías. Recuerdo una canción fuera del canon clásico de la música culta: “Mis blancas mariposas”, del tabasqueño José Claro García, que a mi padre le encantaba, más por el paisaje bucólico y por la belleza de las flores invocadas que por su adolorida narración de amor. Hace casi un año también murió mi padre. En su velorio cantamos muchas canciones que le gustaban, y otras que descubrimos con los años y después compartimos con él cuando no se las sabía. Mi padre amaba la música. Mi padre, el que nunca conoció a Brahms ni escuchó el hermoso violín de Higinio Ruvalcaba.
Vuelvo al desayuno, a la conversación con Eusebio frente a sus huevos fritos y mis chilaquiles con pollo. Se detuvo serio para inquirir sobre si me gustaba Carlos Chávez, a lo que le confesé que no, que, de hecho me caía gordo, y que prefería como director o compositor a Silvestre Revueltas. Le conté que recordaba haber leído de Jorge Cuesta u otros Contemporáneos, que iban a veces a los ensayos de Chávez sólo para pitorrearse de su papel de director. Lo juzgaban pésimo, algo sobre lo que el mismo Cuesta escribió al criticar su obra Llamadas, Sinfonía proletaria al definirla como “una música lamentablemente detestable”. “Es que Chávez era pésimo”, dijo Eusebio, “también me cae gordo”. Hablamos sobre Chávez y Revueltas, sobre su sinfonía Janitzio, sobre la pieza Estrellita de Manuel M. Ponce, sobre Las Mañanitas que su papá les tocaba improvisándola de forma distinta en cada cumpleaños.
Ruvalcaba comentó que esa tarde presentaría su libro, presentación a la que no pude asistir por un asunto urgente que debí resolver y del que prefiero no acordarme. Aun en el desayuno, le pregunté si había pensado en la pareja de los violinistas Janine Jansen (que era más guapa que Mutter, y más joven) y Leonid Kogan (que era más feo que Lakatos, y más viejo), y si no los imaginaba teniendo hijos. Eusebio estalló en risa. Me dijo que podría ser buen conductor de radio musical con esas ocurrencias que la gente del auditorio, aunque no lo sospechemos, siempre quiere escuchar. No lo había pensado, le respondí, agradeciendo su cumplido. Luego seguimos hablando de otros temas: el mezcal, los amigos, la ciudad, las mujeres, el libro que presentaría y que me regaló esa mañana al final del desayuno.
Eusebio es un nombre de origen griego cuyo significado es “bueno” o “piadoso”. Era, además, generoso, pues no es poco el gesto que un escritor de su importancia se dignara invitar el desayuno a un perfecto desconocido y concederle el privilegio de su tiempo. Honestamente, aunque desayunar y conversar con él fue enormemente grato, enriquecedor, no considero por ese simple hecho haber sido su amigo, ni su discípulo, sino un admirador agradecido en la casualidad del encuentro que me dio la confianza para, un año después, lanzar desde la Fonoteca un programa de radio cuya idea fue inicialmente de mi amigo Omar Olivera, maestro, cofundador de la estación Radio Plantón: “Esquina en sí mayor” fue el nombre que le puse al programa (el slogan: “Sesenta minutos del acervo al oído”). Duró casi un año transmitiéndose hasta que estalló el conflicto de 2006, que demolió la estación con la toma de la Policía Federal a las instalaciones magisteriales, una revuelta que Diego Osorno bautizaría como “la primera insurrección del siglo XXI”.
No pude hablar después con Eusebio, ni de música ni de otros temas que me habría gustado compartir con él en el mapa de minutos de su generosidad, de su sabiduría. Ya no tuve oportunidad de verlo cerca para, al menos, agradecerle como lo hago ahora, recordándolo en aquella mañana, a poco más de un año de que se fue de entre nosotros y a poco menos de un año de que se fue mi padre a escuchar, seguramente cada uno a su manera, la música que amaron y que ahora disfrutan en nuestra futura habitación vecina.~



Fuente de la imagen: http://confabulario.eluniversal.com.mx/eusebio_ruvalcaba_el_rock_de_los_clasicos/

jueves, septiembre 01, 2016

CORTE AQUÍ

Por Luis Manuel Amador


¿Vale la pena plantearse retos técnicos, estéticos y políticos en un país donde la realidad cotidiana tiene entre sus protagonistas a la precariedad, el autoritarismo, la muerte? ¿Hay formas artísticas que en este escenario confronten las lógicas del poder que día con día parece sólo empeñado en destruir la esperanza? ¿Cómo ejercer ante el reto del presente una militancia o resistencia desde el arte? Hace diez años, en el convulso 2006 de Oaxaca germinaron estas y otras preguntas que fueron respondidas o magnificadas por diversos artistas sobre las paredes.
Entre quienes plantearon respuestas en esos días de revolución magisterial y autoritarismo oficial estaban Rosario Martínez, Roberto Vega y Yankel Balderas, quienes integran el colectivo Lapiztola, nombre que reúne en crasis su vocación gráfica y confrontadora: el suave trazo de un lápiz, el disparo letal de un arma.
Los integrantes del colectivo hacían por esos días una serie de intervenciones con tema social sobre soportes varios: papel, camisetas, carteles en esténcil o en serigrafía. Sin embargo, las circunstancias y la apertura de algunas personas interesadas en su trabajo les abrieron otros espacios: bardas, mamparas, paredes que les pedían intervenir. En el imaginario de la ex Antequera en ese contexto insurrecto comenzaron a aparecer pintas inusitadas, una suerte de grafitis que no podían pasar inadvertidos: narraciones detenidas en el tiempo como retratos de una realidad aún más real por inverosímil, metáforas de la desgracia y de la felicidad reinterpretadas, composiciones que devinieron bofetada y poesía.
Es verdad que el esténcil no es algo nuevo y, posiblemente, como afirman algunos historiadores del arte, sea la expresión gráfica más antigua de la que se tiene registro, si recordamos las formas rupestres de manos estarcidas que perduran en cavernas ahora a resguardo (por su valor patrimonial y artístico). Es verdad, también, que algunos hombres de las cavernas perduran hoy encarnados en gobernantes que ordenan borrar obras de esténcil sobre algunas paredes, arguyendo que “afean” la ciudad donde no suele ser el pueblo quien manda, sino la estulticia de los funcionarios.
Lapiztola ejerce una tarea creadora necesaria en una ciudad multidiversa como Oaxaca: rostros que son uno y somos todos; oficios que retratan en los límites a quienes los ejercen; arrugas en el semblante de un anciano que lleva en sus hombros el peso de generaciones; escenas que son un fragmento del mundo y simbolizan sueños esperanzadores; volutas, flores, aves que reverberan como notas musicales o emergen en un abrazo sólo posible en el corazón de quien lo espera o lo recuerda; parvadas que, huyendo de las tinieblas, emigran hacia la luz; pájaros que surgen de un rasguño en la pared o de un cuerpo vivo que, pese a todo, sonríe.
Corte aquí es, al mismo tiempo, el corte de caja de una década de trayectoria y el imperativo interior que Lapiztola mantiene latente para seguir cortando formas que, al menos sobre la intervención en la pared, le dan al mundo la posibilidad de descubrir batallas que vale la pena emprender. ~






sábado, enero 16, 2016

Museos de la Ciudad de México: números y razones

Por Luis Manuel Amador



En 2015 visité algunas exposiciones. Por ejemplo “Santos vivientes”, de Michael Landy, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. Con crítica ironía, el artista londinense presentaba esculturas móviles de santos martirizados, e invitaba a tocar o manipular las obras, compuestas por dispositivos mecánicos diversos: poleas, palancas, cadenas, cuerdas. Un enorme Francisco de Asís con un hoyo en lugar de cabeza del cual podía extraerse, con buena suerte, algún premio. Así logré obtener, con el brazo mecánico, una playera que rezaba “Pobreza, castidad, obediencia”. “Por favor, sigan avanzando”, dijo el custodio de la sala. Y obedecí.
            En muchos museos de México (y de otros países), no sólo tocar está prohibido, incluso lo está tomar fotografías, aunque se hagan sin flash. O no del todo prohibido, al menos en México sino, como me dijo un guardia en otro museo, “para tomar fotos hay que pagar primero”. “¿Y eso por qué?”, preguntó alguien más. “Por derechos de autor”, respondió el uniformado.
            Lo cierto es que de casi cualquier artista u obra, internet es fuente de imágenes de calidad reproducible, y que el promedio de personas que se toman fotos en una sala de exposiciones no lo hacen (ni podrían obtener una buena imagen para ello) para lucrar sino para compartir o presumir que estuvieron ahí, como ocurrió con el público que abarrotó la muestra de Yayoi Kusama en el Museo Tamayo, a la que, por cierto, nunca pude entrar porque cada que llegaba a formarme, cien mil personas delante de mí ya habían llegado a formarse desde un día antes.
            Ignoro si la Obsesión infinita de la japonesa o la exposición Miguel Angel Buonarroti. Un artista entre dos mundos, del Museo del Palacio de Bellas Artes, habrían tenido el mismo éxito si se hubieran verificado en 2016, con los nuevos precios de entrada a los museos, aunque tal vez tampoco es para tanto porque yo suelo visitar los museos los domingos, cuando la entrada, al menos en los que dependen del INBA, es gratis.
            Después de todo, según la Ley Federal de Derechos [bit.ly/1OlHtqE] aprobada por la Cámara de Diputados, aumentó el costo (desde una quinta parte hasta el triple respecto al 2015) únicamente en doce museos, que fueron clasificados en tres tipos:

Recintos tipo 1 (Museos Históricos): 60 pesos
Museo del Palacio de Bellas Artes
Museo Nacional de Arte
Museo de Arte Moderno
Museo Tamayo Arte Contemporáneo Internacional “Rufino Tamayo”

Recintos tipo 2 (Museos Emblemáticos): 45 pesos
Museo Carrillo Gil
Museo Nacional de San Carlos
Museo Nacional de la Estampa
Museo Nacional de Arquitectura

Recintos tipo 3 (Centros Expositivos): 30 pesos
Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo
Sala de Arte Público Siqueiros/La Tallera
Laboratorio de Arte Alameda
Museo Mural Diego Rivera

Ya expuse arriba por qué no me incomoda por sí sola la subida de los precios a esos recintos, aunque me desconcierta que en la dichosa ley no se diga nada sobre los museos del INAH, como el Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec o el Museo Nacional de Antropología (tan emblemáticos, históricos y expositivos), no para que suban también sus precios sino porque, si dichas cuotas fueron modificadas para mejorar los servicios, el mantenimiento, la calidad, etcétera (como sucedió con el metro, supongo), ¿debemos dar por sentado que la mejora de estos será nula? ¿O acaso se prepara otra ley en las curules?
            Algo que me resulta curioso es la nueva nomenclatura, que parece sugerir que el Museo del Palacio de Bellas Artes no es “emblemático”, que el Museo Carrillo Gil no es “expositivo” o que el Museo Nacional de San Carlos no es “histórico”. ¿No bastaba con que los agruparan en tipos A, B y C, como estaba antes?
            He escuchado decir que las personas “más afectadas” con estos ajustes son las que componen la “clase media baja”. Como la mía. Aunque juro que he visto filas interminables de quienes podrían ser mis vecinos formándose para entrar al Museo Ripley sin el menor empacho en pagar los 90 pesos de la entrada o los 75 pesos (con descuento).
            Georgina Cebey dice que “de nada sirve saber la cifra exacta de museos existentes en el país si se desconoce cuál es la función de cada uno de ellos, si no sabemos si son necesarios o si sus objetivos siguen vigentes y atienden las necesidades de los visitantes”. Independientemente de la reputación curatorial de la que gozan, en el Museo de Ripley y el Museo de Cera, por ejemplo, las fotografías no están prohibidas sino que parecen promoverse.
Por eso prefiero visitar museos los domingos y tomar fotos sólo si está permitido. Después de todo, en un museo la experiencia se agudiza en los sentidos, para que no se repita la desconcertante historia: una persona a quien le dijeron que estaba prohibido tomar fotos, se coloca frente a un cuadro en un museo y se pone a dibujar en su cuaderno. El custodio de la sala se le acerca y le dice que tampoco tiene permitido hacerlo. “Pero, ¿por qué?”, responde fastidiado y atónito el visitante. Y el custodio responde: “Para no lucrar”.~