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EL PEÑASCO A LA MITAD DEL LLANO

Por Luis Manuel Amador
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Hace cincuenta años se publicó el libro de cuentos más comentado de toda la narrativa mexicana del siglo XX. En una de las primeras reseñas al respecto, Edmundo Valadés escribió unas palabras que ardieron como señal: “el libro de Juan Rulfo quema las manos.”
Y no es para menos. Sus poco más de cien páginas refuerzan esa visión de la criatura literaria como peregrino perpetuo, condenado al destierro del mundo y de sí mismo, a la justicia inalcanzable convertida en búsqueda de sitios y personas. El llano en llamas convoca por igual al hombre perseguido, a la procesión de mujeres, a la sequía del terreno concedido por decreto, al agonizante que cifra su esperanza en la cruz y la llegada, a la marginación y a la violencia interior, a la guerra cristera y al intento de fuga, al invisible erotismo que es promesa poblando las páginas convertidas en poesía.
La mayoría de las ediciones de El llano en llamas comienzan con “Macario”, pues parece que la locura convertida en alegría garantiza una como puerta del optimismo. Loco, como Susana San Juan en Pedro Páramo, Macario es el personaje más feliz del libro. Su “estado” suprime cualquier indicio de culpa.
A Rulfo no le agobian los antecedentes narrativos previos; los desvela en el trayecto, deslumbrándonos con su precisión y capacidad narrativa para ejercer la fuerza sostenida en cada cuento. Va al centro del asunto, acentúa el patetismo perpetuamente sin efectos de sorpresa. Un rasgo esencial del libro es la narración en primera persona. También el empleo del tiempo presente en lo que sucede. Así refuerza la transmisión de sus palabras que, al releerse, reconstruyen el cansancio y la derrota como en un tiempo mítico.
Rulfo brinda, con maestría y precisión no vistos antes de El llano en llamas, el testimonio permanente del ser convertido en triunfo del pueblo. Y dice sin decir: revela la falta de seguridad social en el personaje incapaz de salvarse de una muerte evitable. En “El hombre”, construye la posibilidad de ser prófugo y perseguidor simultáneamente cuando las voces y resuellos llegan a fundirse en una sola persona.
Como el Juan Preciado de Pedro Páramo, ciertos pobladores de El llano en llamas viven en conflicto permanente con el Padre. Por eso se dice que una de las influencias para Rulfo fue Kafka. No es difícil ver, también, indicios de Joyce y Faulkner, y de los mexicanos Mariano Azuela y Agustín Yáñez.
Alguna vez Rulfo contó que El llano en llamas iba a llamarse Los cuentos del tío Celerino. El nombre definitivo (como el de todos sus cuentos) le concede el indiscutible magisterio de escritor supremo para intitular escritos.
Elena Poniatowska presenta a Rulfo como narrador que no tiene similares en la narrativa mexicana de su tiempo “como una de esas grandes piedras que tienen algo de figura humana.” Este septiembre, la literatura universal celebra medio siglo de la primera obra con que Juan Rulfo se erigió en el horizonte, cual taciturno maestro para siempre, “como un peñasco a la mitad del llano.”

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