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NADERÍAS, LA FRUGALIDAD NECESARIA

Por Luis Manuel Amador

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Contra lo que pudiera pensarse, uno de los episodios más gratos de mi vida es haber ejercido en la adolescencia la labor de catequista. El paso de los años constata que los móviles no son iguales para todos los partidarios de la primera eucaristía, porque el tiempo invertido en sesiones semanales se ha transformado en algo más que memoria.

Fernando Savater tuvo una primaria piadosa, lo cual aclara que la cercanía con las lecturas bíblicas alienta una búsqueda de respuestas más allá del dogma.

En esa etapa catequista conocí a algunos de los que hoy son mis más entrañables amigos. Las discusiones juveniles sobre el Génesis y los evangelios, me aproximaron a las lecturas de los desdeñados por su condición de heterodoxos: Descartes, Kant, Nietzsche, Russell y todo sospechoso de ambición intelectual o ateísmo. Ignoraba que en esa etapa, dentro de cada uno de nosotros se iba gestando una nueva dimensión ética (también estética y poética) impulsada por la eterna pregunta.

Mientras yo leía la Biblia y poesía, otros se ocupaban de la Biblia y de la narrativa, de la Biblia y de la música, de la Biblia y del ensayo, de la Biblia y del sagrado magisterio de la lectura. Del primer libro todos teníamos inquietudes; los segundos entraron para darnos la ocasión del mundo alentador de discusiones. La fe transformada en confianza por los libros asegura la verdadera comunión religiosa.

Hoy, a más de diez años, conservo dos cosas que no cambiaría de aquella época: el placer por la lectura y mis amigos de entonces. Uno de ellos habla poco y suele moverse con la parsimoniosa sabiduría digna de un discípulo de Sócrates; es Gerardo Valdivieso, Che’ Gera, y nuestra amistad se ha convertido, últimamente, en la puesta a prueba del único placer compartido digno de verificarse sobre la hoja en blanco. Con la inquietud de quien sueña en tierra firme me compartió su empeño en iniciar una revista. Recuerdo las primeras reuniones: Gubidxa Guerrero, José Luis Jiménez, Manuel Cabrera, Ángel Orozco, Isaac Ruiz, él y yo, discutimos la naturaleza y el futuro destino de la publicación. Fue Gerardo quien, con precisión rulfiana, bautizó a nuestro engendro: Naderías. Desde entonces el semblante de la revista se ha mantenido, más por recursos monetarios que por voluntad estética, con una vocación digna del santo de Asís.
Las portadas de cartulina barata y el papel ordinario de sus páginas han avanzado como el camino de la infancia: de los tropiezos iniciales, al andar pausado que mueve una expedición por la propia casa; de los balbuceos atropellados a la conversación sostenida en la amistad con otros que hablan, escriben, dibujan, cantan, piensan y pronuncian sus nombres: Roselia, Víctor, Guadalupe, Raymundo, Elvis, Raúl, Israel, Ramiro…

La semana pasada, la Casa de la Cultura de Juchitán albergó la presentación del primer cumpleaños editorial de Naderías. Imposibilitado para recrear lo sucedido esa tarde, y desde las cinco horas de distancia que nos separan, imagino a Gerardo y Gubidxa en la mesa, con Jorge Magariño y Elí Bartolo hablando sobre la economía de ese cabalístico siete que inaugura un primer año de peregrinaje.

En Errata, dice George Steiner que “hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también en la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje.” Es cierto; y suele ser un emisario divino, un dios oculto que toma la forma de mendigo y nos pone a prueba, toca a la puerta para revelarnos nuestra propia posibilidad de seres.

Heidegger redefinió el "Aletehia" griego, un sentido de la verdad como revelación, lo que el mundo necesita para aspirar a lo mejor que tiene.

Hoy celebro mi amistad con aquellos catequistas que fuimos, celebro el año que entra a Naderías contra el otro año que no saluda y nos tiene en sus manos, implacable frente a los que lo inventamos y le erigimos un adoratorio. Hoy veo a Naderías andar con la actitud del emisario que llama a la puerta, ligero de equipaje, llevando como carga su propia transparencia, sin otras aspiraciones que las de una verdad frugal y necesaria que merece perdurar a través del tiempo.

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