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PERDONEN EL ATREVIMIENTO

Por Luis Manuel Amador
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Nuestras vidas transcurren al amparo del círculo dibujado por la repetición y los rituales. Lo constata uno de los mitos más antiguos que se registran en la historia: el mito del eterno recomienzo. Basta acercarse a esa precisión indiscutiblemente registrada por el calendario: la celebración de la muerte y la vida en que se transforma el fin de año y el inicio de otro, la seguridad de que cada fecha de nacimiento suma un año a las pesadumbres del tiempo, el ciclo perfilado con que el mundo se transforma y repite con las estaciones, el perfecto círculo que dibuja una hora imparable aunque el reloj se detenga. Hoy estamos a pocas horas de otra fecha que hace mella en el ritual y el gasto: el seis de enero.
Los ahora llamados reyes magos nunca sospecharon que el oro, el incienso y la mirra, se transformarían en productos seriales fabricados con plástico. No estoy seguro de cuándo me di cuenta de que tales reyes no existían y de que mis padres hacían todo lo que estaba en sus manos para regalarme algo digno de dejar una huella. Pero algo es indiscutible: la tarea del juguete sólo fructifica con el paso del tiempo.
Ahora los fabricantes de juguetes se han volcado hacia una misión que se adivina ficticia: la pedagogía. Y los inventores ya no son los niños, sino los adultos.
Parece que fue en una de las ediciones de la Feria del Juguete en Valencia, España, donde un grupo de expertos dictaminó que, para no desatarle sentimientos discriminatorios a los niños, había que producir muñecos que formaran parte de un conjunto numeroso de creaciones donde abundarían las muletas, las sillas de ruedas, los bastones y, para familiarizarse sutilmente con las discapacidades, se agregarían personajes mutilados, calvos y bizcos (no invento, consulten el ilustrativo artículo de Javier Marías: “el imperio de lo ñoño”, incluido en el libro A veces un caballero, Editorial Alfaguara, 2001, 398 pp.). No cabe duda, el afán por no parecer discriminatorio es la prueba infalible de que sí se es, y bastante.
Marías tiene razón, y sólo me queda parafrasearlo de memoria con aquella inmejorable tesis: si a mí me llegan a regalar de niño un muñeco con esas características (de bizco y con muletas) o una muñeca sin senos “para no ver a la mujer como objeto sexual”, me quedaría primero atónito y luego confundido y deprimido, sin entender, si es que no afectado para siempre ante el motivo dizque pedagógico.
Pistolas, rifles, espadas hechas de palos de madera, cascos de romano y parches de pirata es lo que siempre quería; soldaditos, tanques de guerra y cochecitos de plástico es lo que siempre tuve. Me pasé la infancia fantaseando y jugando con todo, sin el más mínimo problema para diferenciar entre la realidad del mundo y mis aventureras ensoñaciones. Además, pasado el tiempo, no me apropio de lo ajeno por haber pirateado entonces lo que fue mío; ni veo a los demás como objetos o apestados porque los matara imaginariamente con mis primitivos juegos de pistolero niño.
Estoy seguro de que no es misión de los juguetes el trabajo que corresponde a los padres, ni tarea del juego esa pretenciosa pedagogía de lo aberrante. El juego debe alentar la imaginación, no sentar cátedra; los juguetes no son un fin para el niño, sino un medio para huir un poco de la realidad que agota la vida.
Recuerdo que lo que tuve de niño fue siempre una mirada amorosa y vigilante, no juguetes con los que me habría vuelto de verdad un auténtico idiota, como siempre los hay.~
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