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PLEBÉYADES

[30 de mayo]

Mi Reina de Baviera

Comienzo con un afán de transparencia. Mi amor es así y quiere ser contigo diáfano, mi señora-reina “de la flauta y del relámpago”.
Primero, declaro que traté de recrear, de mi recordación de Piedra de sol, de Octavio Paz, un verso endecasílabo (11 sílabas) de memoria para citártelo en la carta. De entre las muchas posibilidades de aprovechar una sola línea, elegí “señora de la flauta y del relámpago” porque es una de las pocas del poema de Paz donde se concentra un homenaje definitivo y no contradictorio por la amada en un solo verso. “Grano de anís” no me gusta especialmente solo, porque viene acompañado de “espina diminuta y mortal que da penas inmortales”, cosa que le da al poema una imagen de lo ponzoñoso y lo asesino en algo pequeño. Me suena a venenoso, a serpiente. Pienso que “espina diminuta” es muy bello, porque da oportunidades de un gozo donde el dolor es soportable aunque se adivine persistente, de la manera en que los santos soportaban sus autosuplicios. Pero es poco rotundo y definitivo para dejar constancia de tamaño amor con una línea. “Nieve en agosto” no, porque viene acompañado de “luna del patíbulo”. “Patíbulo” es la plataforma del condenado a muerte, es “cadalso”, la superficie donde se da la cita definitiva entre el verdugo y el sentenciado a morir, aunque el sentenciado mire la luna desde su lugar; pero esa visión es la última y postrera que no le depara nada sino el misterio de la muerte indescifrable; y posiblemente sea la única visión memorable y digna de su recuerdo, pero…
“Señora de la flauta y del relámpago” es un verso que ofrece otras perspectivas posibles. Para empezar, porque le otorga con la primera palabra un carácter de destinatario pleno: “señora”, que es también declaración de reconocimiento. En el español este sustantivo tiene el poderío de la madre, la reina que domina bajo el arquetipo de la mujer fundadora de todo, de la hembra respetable con el solo poderío de su presencia. Por otra parte, los dos sustantivos que le brindan a ella, la señora del verso, un papel avasallante de figura mítica, son “la flauta” y “el relámpago”.
Hay una larga tradición que asocia el sonido de la flauta con el carácter puro del alma humana desde los tiempos antiguos. Una de las más antiguas flautas fue hallada en una tumba egipcia, 200 años antes de Cristo; está hecha de cobre y suena al “modo dórico” (que era el sonido lírico original de los Dorios), según dicen. La flauta, sinónimo del alma, era puesta junto al muerto a la hora de enterrarlo, como el alma, el más puro aliento, y, por lo mismo, divino. Para los poetas de la India, los Vaishnavas, la flauta posee insospechados poderes de encantamiento, sonido abarcador de una especie de infinito que es capaz de fascinar a todas las criaturas (recordemos aquí un cuento clásico: El flautista de Hamelin, que cautivó por igual a los roedores y a los niños de la ciudad que dejó casi desierta), hasta a las venenosas serpientes. Para los poetas chinos de los periodos clásicos, la flauta es de importancia mayor.
Del relámpago ¿qué puedo decir? Es destrucción y es luz, es el poder del cielo que se incendia, es la premonición de la lluvia que todo lo purifica y limpia sobre la tierra. Es el poderío de la nube electrizada, es la infinita iluminación de una ciudad en el instante que retumba sobre el planeta, es el escalofrío de la belleza y el pacto entre la luz y un segundo.
Y en la distancia tú eres mi reina y mi “Señora de la flauta y del relámpago”. Porque tu perduración en mi memoria es como la del relámpago que me ilumina en un golpe llameante, y eres un sonido que se entremezcla en el silencio con el silbido del aire. Y en las noches donde mi escritura no se incendia, si llueve, estás en ese golpe galope universal del trueno con la luz: en el relámpago.




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