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UNA DISPERSA BITÁCORA DE VUELOS

Por Luis Manuel Amador
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Este 17 de junio se presentó, en el Museo de Filatelia (MUFI) de Oaxaca, el número 12 de la revista literaria Plan de los pájaros. El siguiente escrito fue leído por el autor en calidad de invitado por la publicación (donde también aparece un breve ensayo suyo sobre el poeta Mario Santiago) a la mesa de comentarios. Con él estuvieron, en esa tarde de viernes, la artista Susana Wald, como moderadora; el poeta y ensayista Yahir Alonso Ortiz; el escritor Antonio Ávila Galán, fundador y director de la revista y la artista Siegrid Wiese, ilustradora del número.
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Alguna vez leí una lista de trabajos que, como realmente pocos, producen verdadera perturbación y estrés; cada actividad a la que dediquemos tiempo y fervor, claro, suele insistir en convencernos de que nuestros esfuerzos serán inútiles en el filo del logro; yo, que terminé como arquitecto, solía preguntarme a la mitad de la carrera, y tras el restirador en medio de la noche que infinidad de veces devino diván y babero y muro de las lamentaciones, si de veras valía la pena esperar a que amaneciera para descubrir que es posible mandar todo al diablo desde el principio para ahorrarse los agravios de la responsabilidad. Y eso se repitió infinidad de veces hasta los últimos semestres. ¿Por qué digo esto? Porque al principio, ya lo dije, leí una lista de trabajos al parecer verdaderamente aberrantes que acaban con la holgazana costumbre del no pasa nada: entre estos trabajos venía el de “controlador de vuelos” de un aeropuerto.
Se preguntan a qué viene tal comparación de semejante trabajo con éste otro de editar una revista tan aparentemente sencilla y elemental. Es posible que la respuesta la tengan dos circunstancias indudablemente importantes para mí últimamente, e innegablemente aclaratorias de algo más para todos los que no se han dado cuenta del tremendo parecido.
Si no recuerdo mal, la primera imagen de portada de Plan de los pájaros es una obra de Maximino Javier intitulada “Bájala compadre”. El fondo oscuro y el colorido centro vertical de esos gordos trepando al árbol de la obra le dieron, desde el principio, muy a mi parecer, un carácter precursor al contenido ulterior que llenaría sus páginas. Y es que hay desde entonces un aire cuenqueño inevitable en su literario contenido: y las décimas y los versos octosílabos nunca han dejado de aparecer persistentemente para dejar constancia de que el llamado verso de arte menor suele no serlo tanto. ¿Quién no ha visto en vivo a los maestros del “pie forzado” en un toma y daca semejante a los combates entre gladiadores que nunca se hacían daño porque sólo jugaban para dejar constancia de su poderío ante la muchedumbre que no dejaba de mirar extasiada?
Pero claro, si la revista conserva tal aire y se renueva en él sin concentrarse en este regionalismo del arte, es en parte por culpa de su fundador, Antonio Ávila Galán, que con sus amigos de la cuenca, tuvieron la genial ocurrencia de inventarla y bautizarla.
Y como del bautizo tampoco sé nada exactamente, salvo que se trata del homónimo de una laguna o lago o reserva natural en Loma Bonita, en la región del Papaloapan, no considero que hubiera mucho forcejeo para aceptarlo. Es un nombre poético, indudablemente, y eso que no es sólo revista sobre poesía. La narrativa, la preceptiva literaria de sus páginas también ha tenido participaciones memorables en la gráfica. No me dejan mentir ni mi memoria, ni mi recordación de los collages que Ludwig Zeller generosamente ha facilitado para ilustrarla; tampoco la obra pictórica ejemplar de Susana Wald, y ahora la juvenil madurez (lo digo sin pompa ni elogio gratuitos, aunque me de un poco de envidia que Siegrid, a su edad, pinte tan bien como yo no escribo todavía a la mía) de la obra que aparece en este número 12.
Del diseño no quiero hablar, porque los argumentos aquí suelen no tener cabida para la crítica rigurosa de los amigos. Ayer alguien me dijo que no sabía por qué últimamente han dejado una franja grisácea, parda, que se desvanece desde la cabeza de la hoja hacia abajo; que dizque es una pérdida de espacio. Yo le contesté al susodicho (que es un estudiante de diseño gráfico que desdeña la literatura porque le da flojera, y que por otra parte ignora lo complicado que es bregar con una revista cultural, la que sea, y su sobrevivencia) que es una especie de “tonsura gráfica”. “¿Y qué diablos es eso?”, me respondió. Con el mejor ánimo y la mayor parsimonia, lo introduje en un veloz mundo franciscano donde las cabezas calvas artificiales también pueden darse en las revistas para recibir lo mejor del cielo. La desnudez provocada sobre la coronilla, el cambio de tono que va de la cima más alta del hombre a ser una especie de “pararrayos celeste”, como el que decía Darío. “Así la franja se justifica como un cielo nublado por los pájaros, por las parvadas que jamás entenderás porque no las querrás ver nunca, y detestas las posibilidades del observador ornitólogo y de explorador literario y de infortunado holgazán que justifica sus malos gustos con poca inteligencia”.
Pero ¿para qué hablé yo al principio del controlador de vuelos? Mirar una pantalla llena de luces y puntos incesantes, revisar las horas exactas, evitar los choques, dirigir los forzados aterrizajes, cotejar cifras, ajustar movimientos imperceptibles para el tráfico del aire, limpiar el cuadro de las contingencias que costarían la vida a muchos, arriesgarse a emprender la batuta en la escena, se parecen a hacer esta revista como quien dirige diversos vuelos de otras latitudes: México, D. F., Michoacán, Veracruz, Tijuana, Puebla, Guadalajara, Chihuaha, y un largo etcétera que se ha procurado encauzar en sus páginas desde esta trinchera oaxaqueña. O ha de ser que últimamente me ha dado por mirar el cielo lleno de pájaros desde que razoné aproximaciones al bautizo de esta revisa que hoy nos reúne. O ha de ser, por ejemplo, que algún aleteo ha cambiado mi vida en estos días y me ha ubicado en otro espacio, en otra perspectiva con todo y clave y augurio que celebro hoy con ustedes, aunque no lo sospechen.~


Comentarios

Anónimo dijo…
Qué onda... qué buena puntada... luego escribo más...

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