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LA COMUNIÓN CON EL OTRO: EL TALLER LITERARIO

Luis Manuel Amador
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............Para Che Gera
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A quienes leen y escriben cotidianamente les bastan amigos y familiares para certificar que lo escrito por ellos existe. Puede ocurrir que la escritura se realice en absoluta soledad, sin sospecha de nadie. Muchas cosas pueden suceder antes de que el texto encuentre la comunión buscada secretamente.
Para muchos, divulgar que uno escribe equivale a exhibirse con una amante prohibida. No es asunto serio. Mejor dedicarse a otra cosa. “¿De qué vas a vivir?”, dicen las voces preocupadas de familiares y amigos cuando ven el derrotero del sujeto en turno.
Recuerdo que una vez di con un taller literario tras una acalorada discusión que sobre cierto poema sostuve con un conocido a quien le dije que los talleres “seguramente no sirven para nada” porque apuesto a que “propician críticas inútiles”, y un largo etcétera que no alcanzo a recordar. Eso fue hace muchos años, antes de que entendiera el sentido del taller. Mi amigo me dio las señas para llegar al que él asistía: “tal vez hasta te guste y te queden ganas de volver”, dijo irónicamente, “son muy duros.” Ni en mil años podré agradecer la invitación. Fue el encuentro con mi feliz deslumbramiento. Me di cuenta de que el taller literario sirve para certificar lo que en cierto modo ya intuía: ser escritor es un asunto perfectamente serio.
El taller literario no sirve tanto para aprender a escribir, sino para aprender a leer y atisbar hallazgos, a observar con detenimiento y mesura los escritos propios y los ajenos. Hasta puede decirse que para demostrarle a uno que su trabajo es rigurosamente inalcanzable (alguna vez, según cuenta Vila-Matas de Kafka, el escritor checo se juzgó a sí mismo incapaz de alcanzar un arte superior). En la presencia y la lectura del otro lo escrito alcanza la posibilidad de hacerse pedazos o sobrevivir en la dicha del rigor y el triunfo de lo que nace y crece fortalecido con la lectura atenta de los otros. El texto escrito no se convierte en una creación con el que el autor puede regodearse o autocomplacerse. Busca ser la creación, pero la que acepta convertirse en el centro de la participación de un grupo que lo nutre desde diversas perspectivas de lector. Los argumentos y análisis vertidos en el taller, dependiendo del destinatario, sólo tienen dos posibilidades: la aceptación que le garantiza crecimiento a la escritura o la herida que lacera el orgullo del que llega esperando la ovación unánime.
La estancia en el taller literario me sedujo desde el primer día. Lo que yo necesitaba era eso, que me criticaran duramente, no palmaditas en el hombro. Quien no acepte la crítica debe darse por perdido, ya escriba o venda curados en la esquina.
No recuerdo el número de veces que mis trabajos resultaron un fiasco: “cursis”, “anticuados”, “incongruentes”, “dispersos”, “confusos”, “lamentables”, quién sabe cuántas cosas, ciertamente tan veraces como cuando lograron ser “eufónicos”, “sorprendentes”, “exactos”. No hay vía más propicia que el taller literario para acortar la distancia que media entre el desamparo y la comunión con la lectura del otro.
Este martes 11 de julio comienza un taller en el IAGO. Será impartido por el poeta Ernesto Lumbreras. Ignoro el número de los convocados. Estoy seguro de que la sola presencia de esa amistad en la palabra basta para darle vuelo al viaje irrenuncable que el taller invoca.

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