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POR LOS ALREDEDORES



por los alrededores de la noche

entrevista muchacha reclinada

en los balcones verdes de la lluvia

O. P.

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Querida mía:

Las peripecias de mi viaje en autobús desde Oaxaca se redujeron a las previas carreras para estar contigo, cosa que se debe agradecer, no las carreras, sino haber estado contigo un gran rato de invenciones para la entrevista irrealizable antes de abordar el autobús. Aunque no estoy seguro de si Ave y Luis Manuel hubieran respondido de la misma forma que como lo hicieron en tu trabajo si hubieran tenido una videocámara ante ellos. Considero, sin embargo, que salieron bien librados y siempre estuvieron dispuestos generosamente a ayudarte. No dudo que ambos te quieren, sobre todo quien alentó la discusión donde invariablemente salió ganando Ave, cuyas respuestas fueron las más sensatas y meditadas.

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Desperté del largo sueño, entre dos películas, media hora antes de llegar a mi destino, justo en la terminal de Tehuantepec. Las mujeres que llevaban canastos en la cabeza caminaban como flotando sobre sus enaguas pero no se burlaban de nadie ni jugaban a imitar la sirena de ninguna ambulancia, aunque así pudiera parecerles a quienes las escucharan por primera vez gritando ¡Aguádecóocooo, quesadiillaaas! Por primera vez, también, la muchacha que venía a mi lado, junto a la ventanilla, me sacó del error: no era muda.

¿Bajas en Juchitán?

Sí, ¿por qué?, ¿tú también?

Es que quería bajar mi mochila.

¿Quieres bajarla? —me paré—, ¿te la paso?

No, gracias, está bien… Yo puedo.

¿En serio?

Sí, gracias, yo también bajo en Juchitán.

Ah, bueno —le respondí alzando las cejas y los hombros, y me volví a sentar.

Media hora después llegamos a Juchitán. Tomé mi mochila cuando ya casi todos se habían puesto de pie.

Me disponía a bajar, y de pronto sentí que alguien me jalaba.

Oye, ¿me puedes pasar la mochila?, creo que no voy a poder bajarla. Tiene algo que se atora.

Algo que se atora… ¿Y que se rompe?

No, no se rompe.

¿Segura? —pregunté mientras trataba de asir la mochila para sacarla del atolladero. No se rompe, pensé, claro, y tampoco sale, ni se adivina. ¿Qué diablos traía en la mochila? Era imposible saberlo; ese equipaje podía servir de cuestión detectivesca. Jalé hacia un lado y se atoró el otro extremo, una prolongación en forma de varilla o tubo que abolló la repisa guardaequipajes del autobús. Traté de acomodar el instrumento o equipo que venía en el interior de tal forma que al siguiente jalón saliera con facilidad. No pude. ¿Serían herramientas o utensilios de cocina?. Era improbable. No tenían forma ni de las unas ni de los otros y cada objeto, creo que eran dos, se sentía dentro de una envoltura independiente de plástico tipo tupperware. Lo cierto es que nunca había tocado nada parecido. Los objetos no me habrían importado lo más mínimo si no fuera porque yo “tenía” que sacarlos con todo y mochila, como lo hice, tres minutos después de haberle sacado la mochila a la muchacha, que no era muda pero sí algo rara.

Toma —dije sudando cuando le entregué la mochila.

Qué amable. Muchas gracias.

Descendí del autobús. Sentí el aire caliente, el cielo iluminando mi cara. Iba al encuentro con mi casa y mi origen, con los amigos de La fábrica, el proyecto que habría de comentar esa tarde de viernes. Caminaba rumbo a la salida de la terminal y de pronto recordé esos pueblos de la sierra de Oaxaca donde extraños códigos son parte del lenguaje diario: identifiqué un silbido familiar. Me sentí, de golpe, como el pájaro que regresa a una isla y reconoce el llamado de los suyos. El hombre que silbó llevaba una cachucha de color indefinible y una camisa a cuadros. Su cabello rizado y entrecano se dejaba ver bajo la cachucha. Unos grandes lentes bifocales se adelantaban a sus ojos. Moreno, de baja estatura y con ojos vivaces de pestañas rizadas, en su juventud debió haber sido un atleta, tal vez artista marcial, o el artesano capaz de amasar con sus brazos, pues así lo denotaban los resabios de sus antes seguramente musculosas extremidades, durante horas una preparación de harina para las hogazas que se adentrarían en el horno de una panadería familiar. También es posible que se tratara de un hombre que alguna vez hubiera trabajado para cierta compañía de comunicaciones que tenía que ver con ferrocarriles, y las andanzas sobre los rieles en el vértigo de los autoarmones, trenes minúsculos, cabuces anaranjados y amarillos que solitarios recorrían los rieles con dos o tres personas a bordo y que, según, mi ignorancia de niño, iban más rápido que los trenes. Tal vez era un hombre disminuido por alguna enfermedad inclasificable. Su presencia denotaba cierto garbo vivaz y contradictorio, otorgado por la bondad de su aspecto y la madurez de los años. O tal vez todo eso junto, pensé mientras me aproximaba a él para pasar mi abrazo por sus hombros.

¿Qué haces acá?, ¿viniste por mí?

Fui por mi credencial de elector. Queda muy cerca, y decidí esperarte. Vámonos en taxi, ¿no? -dijo mi padre con su calmosa voz- Luego voy por tu mamá al mercado.

Llegamos a casa. A los cinco minutos escuché de nuevo el silbido, pero con otro tono. Mi madre había llegado.

Esa tarde comimos los tres y conversamos sobre la complejidad del asunto magisterial en Oaxaca. Mi hermano José Antonio estaría en algún lugar de Juchitán, normalmente no andaba cerca. Me lo imaginaba con su guitarra, en casa de Ray y Lupe, o de su amigo Fidel, un excelente compositor desconocido para muchos, hablando sobre mi llegada, o tal vez sobre cosas importantes.

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En la Casa de la Cultura me acordé de ti. Y eso fue nomás al llegar. Yolanda, la directora no de un club de fans, sino de la Casa de la Cultura, nunca había tenido unos chinos tan parecidos a los de la muchacha que conozco, la que no estaba entre el público esa tarde. Carlos Raúl, Juan Manuel, Yolanda y yo, hablamos del proyecto de Milfactory punto tres (La Fábrica, para usar tus palabras). El estrado estaba rociado con pétalos de flores rojas (imagino que porque la tarde salió virgen). El público era joven, y el auditorio más que anestesiado estaba repleto. Durante toda nuestra intervención, que comenzó a la hora en que no oscurecía por completo y terminó cuando ya había caído la noche, un murciélago se encargó de realizar una performance en nuestro honor, volando por toda la sala, haciendo piruetas y acrobacias que interpreté como de buen augurio. Todo salió bien. Y para el punto final, en este pueblo de queso fresco y de guayabas o almendras que se pudren bajo los árboles hubo coctel y botana de salchichas estilo Viena, quesillo de Puebla y queso de Chiapas, agua de jamaica.

Esa misma noche, Carlos Raúl me prestó su laptop y comencé a trabajar en el trabajo que aún no había terminado.

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