Su voz en el teléfono suena como una pequeña fiesta. Me recordó un panteón de anoche, asediado por veladoritas y cantos confusos que sólo tenían sentido sobre su tumba correspondiente y su gente particular. Nosotros, los que caminamos dando tumbos entre las tumbas, me dije, somos una interferencia, una suerte de testigos anómalos que creen poder verlo y registrarlo todo con sus camaritas. Y me recordó la fiesta del panteón de mi pueblo, donde a los muertos se les celebra no en noviembre primero sino el miércoles santo y el domingo de ramos, que es como se llaman precisamente los panteones de mi pueblo. Pero en mi pueblo hay igual ese barullo al que asistimos anoche entre rezos y flores seguidos por la luna que no quiso salir plenamente como si sintiera vergüenza o pena de nosotros, como si nos espiara sigilosa entre lo gris recortado de las nubes. Me gustó la noche en el panteón. A nadie le parece ese espacio un bonito lugar para pensar en un recorrido. La cosa es que uno recuerda con quién caminó y las voces que oía, las risas. En mi teléfono mortal, que un día enterraré, todavía tengo guardada una voz, la de la noche entre los muertos y la de la tarde entre algunos que hablaban a lo lejos. Todavía.
El nombre de Carlos Mérida está asociado con un sentido del arte de Latinoamérica implicado con el origen de los pueblos y con sus raíces hondamente americanas. Nacido maya-quiché en 1891 en Guatemala, vivió su infancia en la región que le otorgaría la materia prima de su futuro artístico. La fecunda carrera de Mérida se afianza en un sueño arraigado, a un tiempo, en el pasado indígena y en las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, en el fervoroso escrutinio de la historia a través de sus mitologías y de sus símbolos antepasados. Explorador atraído por el dibujo y la música en su primera juventud, v iajero desde su niñez, debido a sus periplos familiares y después por invitación, a París, se familiarizó con las vanguardias plásticas, al tiempo que estrechaba vínculos con artistas como el escultor Rafael Yela Günther, el pintor Carlos Valenti y Jaime Sabartés, quien llegaría a ser amigo y biógrafo de Picasso....