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MIRAR EN LA ESPESURA
Fragmentos sobre la obra de Alejandra Villegas

En la Basílica de Santa María Gloriosa dei Frari, de Venecia, se encuentra una de las obras más emblemáticas de Tiziano: La Asunción de la Virgen. El óleo sobre tabla supera los seis metros de altura y representa a la Virgen María rodeada de apóstoles y querubines. La Asunción es un misterio por el que, según la tradición católica, María asciende al cielo tras terminar su impoluta misión sobre la tierra. Quinientos años después, en Elevación, escoltada por dos palomas en su vuelo asimétrico, una figura humana con apariencia de marioneta sube al cielo en calidad de fantasmagoría. La escena es obra de la oaxaqueña Alejandra Villegas, y en su mensaje cifrado parece dejar dicho que lo suyo no es el regodeo de las historias ni la consignación de su contento ni las celebraciones del dogma. En mi opinión, Villegas, quien nació el mismo día de diciembre que murió Turner, parece haber tomado de éste la maestría de una luz vespertina que golpea y acaricia al mismo tiempo el paisaje y sus naturalezas, más que del Renacimiento o de Rembrandt, Caravaggio, Rubens, Miguel Angel, con quienes declara deudas infinitas.

Formada en sus primeros años en el taller Rufino Tamayo, Villegas es una artista que conoce las obras de los grandes maestros a través de los museos en vivo, y su acervo imaginario, antes que libresco, se sostiene en el peso de la memoria que recuerda todo lo que se ha adentrado en ella a través del arte de mirar.

Ha habido en la pintura de Alejandra Villegas esa inevitable casa que todo artista visita: la de la infancia y el juego donde campea el pasado del artista jugando el bebeleche, la matatena, el trompo, el balero como un blanco ansioso. Y si alguna vez sus representaciones humanas tuvieron como modelos espantapájaros, títeres y marionetas, en el trayecto ha tenido consideraciones pictóricas con el humano que somos y con el animal que de algún modo representamos en la vecindad del mundo (Gran concierto, ¡Pista, ¡pista!). Sus representaciones (La liebre y la tortuga) no sólo recrean la fábula, le dan un halo de pesadumbre.

Una carga poética discurre por los cuadros de Villegas. Mujer y pensamiento y Paisaje con mujer, son posiblemente una forma de la proyección interior y una manera del ensimismamiento. El Paisaje con mujer bien puede ser una mujer con paisaje. La mujer en la escena domina el cuadro, se aleja dejando una cauda con cuerpo de ola, o un cuerpo de arena azulada (como las superficies que la pintora otrora acostumbraba), o un cuerpo de agua con un artefacto lejano sobre ruedas que aparenta no ser parte de sus planes. Pero sus logros, al mismo tiempo que paisajes sombríos autoreferenciales (Calle de Nueva York), son una risa y una bofetada para el observador que no repara en el enorme peso de lo que en apariencia es mínimo escenario prefigurando la fatalidad del hombre (Delirio de muerte) o la desolación de una espera imposible de concretarse (La cita) bajo la tarde rota en su espesura. Ni los que se alejan en pos del misterio (Vagabundo) ni los que en la Huida de la civilización dejan el peso de lo que fueron se salvan de ser apariciones en el lienzo de Villegas. Ella no se cansa de buscar ni en el desasosiego que heredó de Magritte el peso del enigma del tiempo (Hombre con Pipa) que perturbó a De Chirico una tarde ante la plaza. En su tenacidad de artista con pincel, pese a todo, Alejandra Villegas sigue pintando sin descanso en su taller, contradiciendo alguno de sus propios cuadros (Tarde de descanso) o haciendo referencia al atisbo permanente, el darse cuenta y entender que la pausa es sólo otra oportunidad de salir a recoger con la mirada otro fardo de perplejidad.~

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