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Pedro C. Hernández
Un año después, poco o nada ha cambiado en Oaxaca: ni en la ciudad ni en el estado. Bueno sí: ya no hay barricadas en las calles, ni tiendas de campaña de maestros o diversas organizaciones; tampoco agentes de la PFP, pero sí policías locales merodeando por las esquinas del centro histórico. Ya no hay camiones ardiendo ni emisoras tomadas, pero sí algunas pintas que muestran el descontento de una parte considerable de la población.
Un año después, las condiciones de vida para la mayoría de oaxaqueños siguen siendo las mismas: difíciles, golpeados por la pobreza, la marginación y la injusticia. El gobernador se sigue llamando Ulises Ruiz, pese a que muchos lo responsabilizan en buena medida de lo que ocurrió el año pasado: una veintena de muertos (de 17 a 26, según las fuentes), transporte público destrozado, edificios públicos dañados. Todo ello como parte de una revuelta a la que llevó la descomposición social, atizada por la represión de las autoridades.
El 4 de diciembre de 2006, Flavio Sosa Villavicencio y otros tres representantes de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca) fueron detenidos en el DF, cuando se aprestaban a tener una reunión con las autoridades federales.
Un año después, Flavio sigue en la cárcel, mientras que su hermano Horacio, apresado junto a él, fue liberado en las últimas semanas por “desvanecimiento de pruebas”. Ambos fueron trasladados en su momento a la cárcel de máxima seguridad del Altiplano, con el distintivo de “presos de alta peligrosidad”.
Un año después, cinco oaxaqueños manifiestan cómo sienten ellos que late la ciudad, el estado, que ya no es noticia a nivel nacional o internacional, pero que sigue arrastrando problemas ancestrales que las autoridades no parecen dispuestas a solucionar o, al menos, a paliar. (En algunos casos, los nombres fueron modificados a petición de los entrevistados).
Tania Román
33 años (Psicóloga)
P. ¿Qué cambios observa en Oaxaca un año después?
R. Lo más notable es que hay menos extranjeros; ha disminuido la afluencia de turismo, ya que todavía tienen miedo de venir a Oaxaca. No tienen la confianza suficiente. Además sigue habiendo marchas, protestas. El ambiente sigue tenso de algún modo; no se ha recuperado la calma totalmente. Hay una tensión latente y algo que en cualquier momento puede surgir.
Cuando paseo por el centro, por el Andador Turístico, mucho de lo que veo es una fachada, como hacer creer a la fuerza que todo está bien. Ahora cada fin de semana hay actividades culturales en el Zócalo, como conciertos, bandas de música…
P. ¿Y antes no?
R. No tanto. Ahora todos los viernes, los sábados por la noche hay grupos de música, obras de teatro, por ejemplo, en el Teatro Juárez, en el Macedonio Alcalá, y la mayoría de eventos son gratis o cuestan muy poco. Todo esto es una tentativa del Gobierno para distraer a la gente, que parezca que todo está bien, que todo volvió a la normalidad, que todo es arte y cultura.
Y siempre que hay un evento, tienen que decir que es el Gobierno del Estado el que organiza; sólo les falta decir que es Ulises el que organiza. Ulises también ha aumentado sus spots publicitarios, tanto en radio como en televisión.
Cada vez que hace algo, tiene que aparecer como el benefactor, que (se vea que) inaugura hospitales, escuelas, carreteras. Es evidente que están empeñados en promover a Oaxaca, también en cadena nacional: “Oaxaca es cultura”, etc. Se están esforzando por levantar a Oaxaca, por levantar el turismo.
P. ¿Y se está logrando?
R. A los ojos de otros países o de otros estados, tal vez lo estén consiguiendo, pero a nivel de ciudad o de estado, no creo. Siento que la inconformidad sigue existiendo entre la gente, sobre todo entre los más pobres, que están hartos de explotación e injusticias.
La realidad es que nada ha cambiado, todo sigue igual: las condiciones de vida, las injusticias, la explotación. No se han resuelto los problemas de Oaxaca.
P. ¿Cree que hay voluntad política para resolver esos problemas?
R. No, para nada. Ahora están más interesados en que la ciudad se vea más bonita, en hacer obras de maquillaje, arreglar las calles. Con Ulises eso ha sido la tónica habitual; ya se hicieron obras antes: en el Zócalo, la Plaza de la Danza, la Fuente de las Siete Regiones, el Llano, la central de la ADO.
P. Ahora se están haciendo obras en el Jardín Conzatti y en algunas calles del centro…
R. Cambian el piso y ya. No mejoran el sistema de agua potable o arreglan los problemas de carencia de agua, la seguridad pública o los servicios. En la ciudad y alrededores, han aumentado mucho los robos, y eso es una señal de que la gente sigue tan necesitada o más y la seguridad pública ha empeorado o disminuido.
P. ¿Algún otro síntoma de cómo afectó el conflicto a la ciudad, al estado?
R. Hay mucho miedo en la gente, temor a la represión, a alzar la voz o manifestar la inconformidad. Todas esas acciones que tomó el Gobierno lo único que han servido es para amedrentar a la gente; no existe la misma participación que antes. Muchas personas se han desligado del movimiento o éste se ha dividido. El movimiento sigue existiendo, pero toda esa represión sí ha logrado debilitarlo un poco.
La gente está volviendo a la misma pasividad de antes por la represión, porque sienten que, hagan lo que hagan, nada va a cambiar. Siento que hay mucho desconsuelo en la gente, e incluso resignación.
P. ¿Qué debería pasar para que Oaxaca recupere o alcance la normalidad política y social?
R. Muchas personas piensan que, con la destitución del cargo del Gobernador, las cosas cambiarían. Yo pienso que no es sólo eso. Sería algo importante, pero eso no atacaría la raíz del problema, que consiste en la injusticia, la pobreza, la marginación, la explotación.
Tendría que haber un cambio más profundo en las políticas del estado, más apoyo social, procedente de los Gobiernos estatal y federal, más oportunidades de empleo mejor remunerado, respeto por los indígenas: que no se les discrimine o explote, mejorar los servicios médicos, la educación sobre todo, y que ésta se lleve a todos los rincones y capas de la sociedad: educación de calidad.
Luis Manuel Amador
32 años (Escritor)
P. ¿Qué cambios observa en Oaxaca un año después?
R. El cielo sigue siendo el mismo, pero sin incendios. El Zócalo ahora está lleno de muchas macetitas con cantera de otro color. Los políticos siguen haciendo alianzas y vaciando la bolsa de todos. Y la gente en general se ha dado cuenta de que es prácticamente imposible confiar en las instituciones que nos administran democráticamente.
Pero creo que Oaxaca sigue latiendo con la misma confianza en el porvenir, aunque éste sea ficticio. El porvenir, el futuro, como un lugar utópico donde nuestra mujer es fiel, los amigos leales y todo está resuelto.
Oaxaca sigue estando igual, pero algo modificada y ahora con una gran lastimadura. Cuando tú sufres un accidente o un golpe, te queda un moretón, una marca. Así está Oaxaca, la misma piel con más años y con la herida visible de 2006. La herida sigue supurando un poco; tenemos que echarle un antibiótico todo el tiempo, atenuarla.
Este 2007 fue como que piensas que está cicatrizando la cosa, y no: pasas junto a un objeto, una rama, que te quita la costra, que te la arranca.
P. ¿Algún otro síntoma de cómo afectó el conflicto a la ciudad, al estado?
R. Las personas afinamos nuestra visión de las cosas, tenemos otras perspectivas de la sociedad que nos tocó vivir. La gente aprende que hay que moverse con mayor determinación; que hacer valer nuestros derechos es algo que tenemos que tomarnos muy en serio.
La gente se lo toma ahora más en serio, aunque no haya vías para canalizar la defensa de esos derechos, a menos que no sean instituciones o instancias independientes. Nuestra Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) es tan decorativa como la nacional. No sirven para nada; sólo emiten recomendaciones. No hacen ningún otro tipo de acción.
P. ¿Qué debería pasar para que Oaxaca recupere o alcance la normalidad política y social?
R. Es que en Oaxaca eso es la normalidad política y social, también en México. No es lo correcto ni lo ideal, pero sí lo normal, que no es lo mismo.
P. Cambiemos normalidad por justicia. ¿Qué debería pasar…?
R. Que compartamos la preocupación de buscar un equilibrio entre las exigencias sociales y los ofrecimientos personales de cara a la sociedad, es decir, entre lo que pedimos como colectividad y lo que estamos dispuestos a dar como personas. Y primero, que nos quitemos de hipocresías: que nuestra palabra vaya junta con nuestros actos, que haya una correspondencia.
P. ¿Puede ser Oaxaca un símbolo de lo que ocurre en México?
R. Tal vez lo de 2006 ha sido un ejemplo de nuestro futuro latinoamericano en el siglo XXI, desde el punto de vista de las revueltas. Por desgracia, una cosa común es la opresión o el abuso. En los países desarrollados hay otro tipo de demandas, como tener más días de vacaciones. Aquí la demanda es que la gente tenga acceso al trabajo, la educación, la salud, la comida.
P. Algunos oaxaqueños que usted conoce tuvieron que irse del país, por temor a represalias tras el conflicto. ¿Comentarios al respecto?
R. Es una desgracia que la gente sea perseguida por sus ideas y por sus actos, sobre todo cuando éstos tienen que ver con el compromiso y el trabajo socialmente generoso. Que alguien tenga que buscarse un abogado porque le siembran pruebas de algo que no hizo; que alguien tenga una orden de aprehensión por el delito de estar en un lugar en el que nunca estuvo; que alguien sea llamado a dar cuentas en lugar de exigirlas de sus persecutores… es una desgracia.
Paulina Gómez
44 años (Artista)
P. ¿Qué cambios observa en Oaxaca un año después?
R. Observo un problema económico real en muchas personas que no se han recuperado: vendedores, comerciantes… En mí siento mucho un temor a exponer las propias ideas. Incluso entre amigos, lo que antes se podía comentar abiertamente, ahora hay un temor a que provoque una reacción violenta o enfrentamiento con otra persona.
En su momento, yo quería poner muy claro que no estaba de parte de nadie. No veía que las propuestas de la APPO o de los maestros iban a mejorar nada, pero también reconocía que la situación era terrible.
Yo las cosas terribles no las viví en persona, sólo cosas de conocidos. Al papá del compañero de uno de mis hijos, por ser defensor de los derechos indígenas, lo metieron a la cárcel sin explicación. Eso desde que entró Ulises, mucho antes del conflicto.
Ahora siento que no tengo la libertad de hablar, porque no sé cuál es la posición de mi interlocutor. Espero a conocerla y luego veo si me censuro.
P. ¿Algún otro síntoma de cómo afectó el conflicto a la ciudad, al estado?
R. Flota en el ambiente una tristeza, una desazón, de menos en menos. La última vez que me sentí muy vulnerable fue el 16 de julio. Sí, otra vez volví a sentir que estando en Oaxaca todo podía pasar en cualquier momento.
Con mi coche iba hacia el (Cerro del) Fortín y me desvié de la que iba a ser mi ruta, dando una vuelta alrededor de toda la ciudad. Tengo terror a esa situación; se desarrolló en mí un cierto pánico, tengo un síndrome post-traumático.
Ahora estoy dispuesta a ser más agresiva en algunos casos. Este año, durante una protesta de taxistas contra el Gobernador, les reclamé que por qué nos afectaban a todos. No tengo nivel de tolerancia. Yo sólo quería poder trabajar e ir por mis hijos a la escuela, que no era gran cosa. Les dije que por qué no iban a casa del Gobernador a protestar.
Sentí el impulso de ‘por qué no les rayo los vidrios’, ‘por qué están agrediéndonos de esta manera y yo tengo que respetarlos a ellos, cuando ellos no me respetan’.
P. ¿Qué debería pasar para que Oaxaca recupere o alcance la normalidad política y social?
R. Sería muy bueno tener la respuesta de esa pregunta. Soy muy escéptica respecto a que las cosas cambien. Tengo la impresión de que el asunto político está tan maleado… Pero quitar las instituciones tampoco es la solución, porque llega otra gente que quiere hacer lo mismo.
P. ¿Cree que la lucha sirvió de algo?
R. No lo sé, pero lo dudo. Pienso que los gobernantes deben tener un poco menos de desparpajo en el robo. Espero que estén robando menos, pero no puedo pensar que no lo estén haciendo. No tengo mucha esperanza en la política.
Felipe Sánchez
44 años (Puericultor y ex preso por el conflicto)
P. ¿Qué cambios observa en Oaxaca un año después?
R. Para hablar de los cambios, tendríamos que ver cuáles fueron los orígenes del conflicto. Éste no es el resultado de una lucha gremial; las magnitudes que alcanzó fueron a raíz de la situación que se vive en Oaxaca desde hace muchísimo tiempo.
Uno de los grandes problemas es que no ha habido pluralidad real en la cuestión política. Se ha ejercido el poder a través de un solo partido, con la manipulación de los votos y también de las personas, en los diferentes pueblos que se rigen por usos y costumbres. Hay muchos cacicazgos coludidos con el Gobierno del Estado.
Otro gran problema es que no hay división de poderes; sí en el papel, pero en realidad no existe. Eso lleva a que la violación de derechos humanos quede impune, no haya transparencia en las elecciones y, por consiguiente, vienen los fraudes electorales, que son difíciles de comprobar, porque la coacción del voto se hace a través del condicionamiento de los apoyos sociales y la compra de líderes.
El poder legislativo y sobre todo el judicial están bajo el dominio del poder ejecutivo y eso lleva a la impunidad. Los atropellos cometidos por parte del Gobernador en turno, por tanto, no se castigan. Todo esto origina una corrupción tremenda en el estado.
El detonante para el movimiento, que se da muy fuertemente a partir del 14 de junio, es el desalojo de los maestros. Se junta todo eso, ese hartazgo, y se expresa de forma pacífica; así se expresan la mayoría de ciudadanos y ciudadanas. Un problema laboral o sindical no se resuelve con represión, como fue el caso del 14.
P. Retomando la pregunta, ¿qué cambios ve usted un año después?
R. No ha habido cambios estructurales, fundamentales, por ejemplo, una real división de poderes, transparencia en el manejo de los recursos públicos, que los órganos que vigilan las elecciones sean imparciales, la participación de la ciudadanía en los medios de comunicación, la reducción de la extrema pobreza. Como esto no ha sucedido en Oaxaca, no ha habido cambios reales.
P. Otras personas hablan de mayor desconfianza y temor dentro de la sociedad.
R. En lo negativo, sí hubo una división de la sociedad muy marcada: se polarizó en dos bloques muy visibles, y esto se refleja también en las familias, con gente a favor y en contra del movimiento. En lo económico, muchos negocios quebraron y, en lo político, mucha gente está encarcelada todavía y hay desaparecidos.
Además están los efectos del conflicto en las generaciones de los actuales niños, niñas y adolescentes, que jugaban a las barricadas durante y después de los enfrentamientos. Vieron tan normal poner piedras…
P. ¿Habrá una secuela psicológica en esos niños?
R. Sí, por supuesto.
P. Usted fue una entre las decenas de personas detenidas el 25 de noviembre de 2006, a las que se trasladó a un penal del estado de Nayarit. ¿Qué recuerdos afloraron en usted un año después de esa fecha?
R. Para mí, ese día, días anteriores y posteriores, empezaron a llegar nuevamente los recuerdos. El 25 de este año hicimos una procesión desde el Parque El Llano hasta el Zócalo con el Grupo Liberación 25 de Noviembre. Esa manifestación era para hacer uso de las formas de curar que tienen los pueblos originarios y que es el levantamiento del espíritu. Llegaron unas curanderas o sabias, y fue muy bonito. Nos hicieron una limpia con incienso, copal, con el objeto de recobrar el equilibrio emocional.
Estuvimos con los compañeros, alrededor de 141 personas, recordando dónde nos detuvieron, cómo fuimos trasladados a lugares sin saber dónde era: si casas clandestinas o cárceles, los golpes que recibimos, los gases lacrimógenos, las amenazas de ejecución, los insultos, la tortura física y psicológica.
P. ¿Cómo fue eso en su caso?
R. Me aplicaron choques eléctricos en la nariz con los ojos vendados; amenazaron con cortarnos partes del cuerpo. Nos tuvieron con las manos amarradas atrás y nos amenazaron con cortarnos los pulgares. Desde que me detuvieron, me encañonaron con una pistola, cortaron cartucho y me la pusieron en la sien.
No tuvimos acceso a un abogado de nuestra confianza y se nos hizo una acusación colectiva. Se nos acusó de sedición, asociación delictuosa y daños en propiedad ajena.
P. ¿Cuánto tiempo permaneció sin saber dónde estaba?
R. Me agarraron como 7:30, 8 de la noche y a la una de la mañana nos llevaron al penal de Tanivet, en Tlacolula, Oaxaca. Hasta ahí estuve con los ojos vendados, las manos amarradas, desnudo, tirado en el piso. A mí me detuvieron con un amigo y a los dos nos tuvieron así. Cuando nos sacaron, nos trasladaron en la batea de una camioneta y fue igual, con maltratos, peor que a los animales.
Hubo un tipo que durante todo el camino me puso la bota en la cabeza. Iba encima de otra gente y otra gente encima de mí. De las peores situaciones que se pueden vivir son la detención sin orden de aprehensión, y ni fuimos agarrados in fraganti.
P. ¿Dónde estaba y qué hacía cuando le detuvieron?
R. Yo estaba a diez, quince cuadras del Zócalo, del lugar de los hechos, e iba a comprar un boleto a la (central de) ADO. Participé en la marcha, pero ya me iba.
P. ¿Así que hicieron una redada general y al que estuviera ahí, lo agarraron?
R. Exacto. Las preguntas que hacían durante el interrogatorio eran para saber, según decían ellos, sobre “los peces gordos de la APPO”. En lo particular, yo no participé en las reuniones de la APPO, sino sólo en las manifestaciones, un derecho que me otorga la Constitución, a la libre manifestación.
Durante este año que ha pasado, hemos sido utilizados como rehenes por parte del Gobierno del Estado. No nos han dado nuestro auto de total libertad; seguimos en proceso. Así es para la mayoría de presos políticos del 25 de noviembre. Eso afecta directamente a los agraviados. Yo he tenido algunos problemas auditivos, debido en parte a los golpes y en gran parte a la tensión que se vive.
P. ¿Continúa el conflicto latente?
R. En apariencia está en calma, pero el conflicto está latente. Eso lo puedes notar a través de las diferentes manifestaciones de la sociedad oaxaqueña, como el caso de los taxistas, que bloquearon toda la ciudad hace unos tres meses. Los casos de pederastia o el cierre de las calles para convertirlas en zonas peatonales son ejemplos de eso. Cada vez que hay algo así, la gente se manifiesta cerrando calles, tomando oficinas, haciendo marchas o plantones, asistiendo a los medios de comunicación, etc.
Manuel García
54 años (Biólogo)
P. ¿Qué cambios observa en Oaxaca un año después?
R. Las personas siguen temerosas. Hay una aparente tranquilidad, pero ya no es lo mismo pasear por el Zócalo o las calles del centro, como paseabas hace dos o tres años. Se siente la desconfianza hacia los que van detrás o delante de ti; no sabes si puedes confiar en ellos o es gente del Gobierno, o qué tipo de personal es.
Los comercios se vieron sumamente afectados; a un año del conflicto no se ha resuelto la situación económica. Hay un invento creado por el Gobierno, que se llama las Noches de Luces, en donde supuestamente todo el comercio del centro tiene que estar abierto hasta las 10, 11 de la noche para recuperar parte de lo perdido durante el conflicto. Pero sólo los comercios que están en el primer cuadro permanecen abiertos.
Es como una noche de circo en donde todos o la mayoría de secretarios, personas con cargos públicos, no sé si están obligados, se les paga o se les descuenta de su salario si no van a darse una vuelta por el Zócalo. Todo es muy ficticio, muy fingido y planeado, e incluso a veces ha aparecido Ulises saludando a su pueblo, como el buen Gobernador, dándose baños de pureza que ni siquiera le quedan.
P. ¿Cree que la lucha sirvió de algo?
R. Sí, sirvió para demostrar la fuerza que tiene el pueblo. De hecho, los grupos se fortalecieron en esa lucha; sigue habiendo marchas y creo que va para largo. Al menos, otros tres años que va a durar Ulises.
Los problemas de fondo no se han resuelto, hay mucha inconformidad en los grupos de base y los que se unieron al movimiento. Ulises trata de tapar el sol con un dedo, pero no se puede.
P. Entonces, ¿el movimiento sigue latente?
R. Claro. El movimiento continúa vivo y es una muestra del rechazo hacia las acciones del Gobernador. ¡Cuánto júbilo nos dio el día que el helicóptero cayó y pensamos que nos habíamos deshecho de él!
P. ¿Podría resurgir el conflicto?
R. En la misma connotación que la del año pasado, no sería posible, porque ya el mismo Gobierno mostró su lado bélico. Si se levanta un nuevo movimiento tendría que ser en otras condiciones, no las mismas que las del año pasado. No sé cuáles podrían ser, pero no se repetirían los mismos métodos, con errores o aciertos, o lo que haya sido.
P. ¿Cómo le afectó a usted el conflicto?
R. De una forma emocional, porque vivías en medio de una inseguridad, de una agresión. Se sentía como si estuviéramos en una ciudad sitiada, con guerra, y eso da miedo, inseguridad, preocupación, por tus hijos, por tu familia.
En el trabajo no se realizaron las actividades conforme estaban planeadas, porque las carreteras estaban tomadas, no había posibilidades de salir de la ciudad. Eran momentos difíciles y eso retrasó el desarrollo de algunos proyectos.
Quisiéramos que no se repitiera, que ojalá los problemas se puedan resolver de una manera más razonable entre todos los grupos, y que no se perjudique más ni a la ciudadanía ni a los espacios físicos. Porque es muy triste ver morir a una ciudad cuando ésta era toda alegría, toda fiesta, tranquilidad. Era un pueblo mágico y parte de esa magia se acabó.